|

Evidentemente, Neptuno nos había encontrado.
Su rugido de carcajadas dementes y triunfadoras reverberó a través de mi cuerpo, haciendo que mi corazón se desbocara. Conseguí abrir la boca y gritar, “¡Corred!” pero ni siquiera pude oír mi propia voz. Me llevé las manos a los oídos, bizqueando ante el dolor, agité las riendas y los caballitos de mar, inmersos en la agonía, salieron disparados hacia la ciudad de la malla de plata. En cualquier sitio menos aquí. Teníamos que huir de la fuente de sonido, y quizá así…
Más rápido, más rápido… y entonces, de pronto, se detuvo. Simplemente paró, casi en mitad de una nota, como si alguien le hubiera dado al stop en el reproductor de música. Simplemente se calló. Se desvaneció. Silencio.
Y en el instante que mi cerebro tardó en procesar silencio, también registró un no hay aire. No puedo respirar, David, no puedo respirar. Neptuno había retirado nuestra habilidad mágica para respirar bajo el agua. Estupendo. ¿Cuánto tiempo más aguantaría? Sube a la superficie, ¡intenta subir a la superficie!
Incluso mientras mi cerebro daba las instrucciones, se iba apagando. Eché un vistazo al otro carro. April parecía inerte a un lado del carro, Jalil tenía los ojos abiertos de par en par y se frotaba la garganta con las manos, Christopher…
Me ardían los pulmones, se me nublaba la visión, del negro a la nada más absoluta, pero no antes de ver, o quizá imaginar, una red plateada, hermosísima, deshaciéndose, abriéndose para acogerme. Qué bello…
|